A las pocas cuadras, en un paradero cerca al mercado de Magdalena, el bus se detuvo para recojer pasajero, entre ellos hacia el intento de subir una anciana delgada, media encorvada, tratando de cargar 4 paquetes de verduras, la compra de la mañana al parecer, sóla, sin nadie que la acompañase, el cobrador tardó en ayudarla, yo me sequé las lágrimas con mi pañuelo, y me incorporé porque estaba sentado hacia el lado de la ventana, y la ayudé a sentarse a mi lado.
No sé porque sentí la necesidad de anhelar arrecostarme a su lado, así que pegué mi hombro derecho sobre su bracito izquierdo cuya frágil mano sujetaba su monedero y dos de las cuatro bolsas grandes de verduras. Ella, la anciana sujetaba también un bastón miserable, delgado como sus huesos, se aferraba a este con su puño tembleque derecho.... Fue justo cuando me atreví a hablarle.
-¿Usted esta sola abuelita?
La viejecita, se volteó a mirarme con cariño y una lágrima asomó por sus ojos legañosos, me dijo que siempre venía a Magdalena sola a comprar su mercado, desde que la mala de la mujer de su hijo lo abandonó, y en minutos me contó sollosando todo lo malo que le fue a su hijo, su único hijo que trabajaba como vendedor ambulante mientras que la mujer se salia con otro hombre dejando a sus dos hijos al abandono, y ella, la abuelita tenía que alimentarlos con los poco que ganaba de su pensión.
Por que su hijo tenía que salir todos los días muy de temprano, casi al borde de la madrugada para dirigirse a Ventanilla a trabajar.
Fué en ese momento que una onda infinita de amor se apoderó de mi, y yo que momentos antes buscaba desesperado el aprecio y abrazo de cualquiera en el parque de Magdalena sentado en un fría banca de inicio del mes de Mayo, en ese momento; yo me atreví a cojerla de su mano izquierda y con firmeza pero cariñosamente se la apreté y le dije, - "ya no lloré abuelita"- Usted es una abnegada mujer, a su edad, preocupándose no sólo por la alimentación de esos dos nietos al abandono, y de su hijo adúlto que esta muy triste porque la mujer lo abandonó, usted señora, tiene todo el amor más grande del mundo y sabe ¿cual es ese amor? La ancianita me volvió a mirar a los ojos, y le respondí, el amor de Dios, Dios es grande y sabio y sabe cuanto uno puede aguantar y soportar tantas penurias. En ese momento me dí cuenta que la abuelita era como un ángel que me la mandó el Universo en medio de mi camino solitario e infeliz, ella con su vida que me lo contó todo; antes que llegará al paradero del grifo de Plaza San Miguel, tenía que bajarse doblando a la avenida La Marina, porque vivia en Maranga, tuve la oportunidad de decirle, que su espíritu era fuerte, que siempre iba a ir con la protección de Dios y que no se dejará amilanar, que todo estaba en la mente, que su cuerpo había vivido y experimentado el sentimiento más hermoso de toda la vida, que el dinero no importaba mucho, sino más bien el sacrificio sin anhelar cosas suntuosas, que interesaba más la rectitud del perdón, cambiar la humillación por el perdón y el amor sin interés, no dejarse llevar por el egoismo que todo lo contamina, ni los malos consejos de personas entrometidas que sin saber bien los problemas de otros se meten a dar opiniones absurdas y ella secándose las lágrimas con un pedazo de tela gris que sujetaba con la misma mano que aferraba su bastón marchito, le acaricíe su hombro y le le quise dar toda mi vida, transmitirle todo lo poco de felicidad que albergaba en un rincón de mi espíritu, darle mi vitalidad entera si fuera posible através de ese suave contacto de mi manos sobre su espalda. La vi bajar a la anciana con sus cuatro bolsas de verduras, y me aseguré de que esta vez, el cobrador le dejará sus bultos sobre la acera, lejos del sardinel de la pista. Y la vi atraves de la ventana del bus que se alejaba de ella y la bendije, cerré mis ojos y no me importaba que la gente sentada al rededor me mirará que yo también estaba llorando, pero de felicidad, por haber tenido en mi vida, tan sólo 6 minutos escasos para darle un aliento de esperanza a esa anciana, y por escuchar su bendición hacia mi persona, y que ella también antes de levantarse del asiento, logró palmearme mi mano derecha y decirme que era un hombre noble por los consejos, que nunca nadie en sus setenta y siete años de vida, se le habían acercado así de esa manera como lo hice para darle tanta confianza como yo se la brindé en la brevedad que demoraba el bus en llevarla hasta Maranga y me daba las gracias como si yo le hubiera dado un soporte físico inimaginable. Eso me quedó en mi corazón, y dondé quiera que ahora se encuentre esa abuelita de cabello blanco como la nieve de Skilstuna, sé que Dios la cuida y le da fuerzas mientras tenga vida, y si algo la quitase el aliento de vida, sé que su fe, la llevará feliz y agradecida a un mundo paradisiaco.
Esa mañana, a pocas cuadras bajé del bus de la linea 7, y no llegué a ir donde quería ir, caminé como 6 cuadras a lo largo de la Avenida La marina, cabizbajo, orando por la abuelita, orando por mi hermana Vita, orando por todas las mujeres del mundo para que siempre actuen con amor y no abandonen ni a sus hijos ni a sus padres, ni a sus esposos, ni a sus novios por una tontedad del orgullo.
Written by : David José C. De la cruz. 12-June, 2010.
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